Hacia un nuevo modelo de Iglesia

Hacia un nuevo modelo de Iglesia

POR SERGIO RUBIN

El pontífice aprovechó su presencia en la Jornada Mundial de la Juventud para hacer una severa autocrítica del desempeño de la institución y exponer con minuciosidad los modos en que, a su juicio, debe anunciarse hoy el Evangelio para detener la sangría de fieles y volver a entusiasmar a la gente. 

ARCHIVO El Papa dio el ejemplo. Con su contacto directo y cariñoso con la gente en Río de Janeiro Francisco quiso testimoniar que la cercanía afectuosa es clave en el camino que debe seguir la Iglesia.

ENVIADO ESPECIAL A RÍO DE JANEIRO Y EL VATICANO – 14/08/13 – 16:52

El viaje del Papa Francisco a Brasil fue mucho más que una visita a un país, por más exitosa que haya sido su presencia en la nación con más católicos del mundo. Incluso trascendió largamente su motivo formal: presidir una nueva edición de la Jornada Mundial de la Juventud, pese a su descollante actuación. El pontífice argentino aprovechó el viaje al coloso sudamericano para presentar el modelo de Iglesia que quiere para los próximos años o, dicho de otra manera, para señalar el rumbo del gran cambio que aspira poner en marcha en el catolicismo de comienzos de milenio. 

Casi todos sus discursos, improvisaciones y gestos pusieron de manifiesto una serie de pautas para despabilar a la Iglesia y revitalizar el anuncio del Evangelio en tiempos en que vastos sectores de la sociedad parecen sentirse cada vez menos atraídos por lo religioso o se entusiasman con otras confesiones religiosas o con movimientos espiritualistas o, directamente, abrazan la increencia. 

Es cierto que a partir del día después de su elección como pontífice Francisco viene dando pistas de hacia dónde quiere que rumbee el clero y los laicos más comprometidos. Desde su recordada frase “cómo anhelo una Iglesia pobre y para los pobres”, hasta sus pedidos para salir al encuentro de la gente con un mensaje comprensivo, realizó varias referencias en ese sentido. Pero nunca como en Brasil el Papa fue tan minucioso y a la vez tan descarnado en su análisis acerca de cómo la Iglesia lleva adelante su misión en la actualidad. Las circunstancias -o la voluntad de Dios, si se lo ve con ojos de fe- determinaron que trazara las directrices en el país donde la sangría de fieles es particularmente significativa. En los últimos 40 años los católicos pasaron de ser el 91 % de la población al 64 %, mientras que los evangélicos treparon del 4 % al 22 %, según el censo nacional. Y una reciente encuesta del diario Folha de San Pablo reveló que la merma de católicos sigue y que hoy suman el 57 %. 

Los discursos a los miembros de la mesa coordinadora del Consejo Episcopal Latinoamericano (Celam) y a los obispos brasileños, así como su homilía en la misa con el clero que acompañó a los participantes de la Jornada Mundial de la Juventud, fueron donde el pontífice más y mejor expuso sus directrices. Y especialmente en el mensaje al Episcopado brasileño, donde realizó la autocrítica más severa y exhaustiva. Allí disparó que “a veces perdemos a quienes no nos entienden porque hemos olvidado la sencillez, importando de fuera también una racionalidad ajena a nuestra gente. Sin la gramática de la simplicidad, la Iglesia se ve privada de las condiciones que hace posible `pescar’ a Dios en las aguas profundas de su misterio”. 

Más adelante fue aún más crudo. “Tal vez la Iglesia se ha mostrado demasiado débil, demasiado lejana de sus necesidades, demasiado pobre para responder a sus inquietudes, demasiado fría para con ellos, demasiado autorreferencial, prisionera de su propio lenguaje rígido; tal vez el mundo parece haber convertido a la Iglesia en una reliquia del pasado, insuficiente para las nuevas cuestiones; quizá la Iglesia tenía respuestas para la infancia del hombre, pero no para su edad adulta”. 

Pese a todo, Francisco llamó al clero y a los laicos a no caer en el lamento y la desesperanza. Por lo pronto, dijo que “necesitamos una Iglesia que sepa dialogar con aquellos discípulos que, huyendo de Jerusalén, vagan sin meta, solos, con su propio desencanto, con la decepción de un cristianismo considerado ya estéril, infecundo, impotente para generar sentido”. Y añadió. “Ante este panorama hace falta una Iglesia capaz de acompañar, de ir más allá del mero escuchar; una Iglesia que acompañe en el camino poniéndose en marcha con la gente; una Iglesa que pueda descifrar esa noche que entraña la fuga de Jerusalén de tantos hermanos y hermanas; una Iglesia que se dé cuenta de que las razones por las que hay gente que se aleja contienen en sí mismas los motivos para un posible retorno, pero es necesario saber leer el todo con valentía”. 

En la homilía al clero de la Jornada Mundial de la Juventud, el Papa fue donde más se explayó sobre su recurrente exhortación a salir al encuentro de la gente. “No podemos quedarnos enclaustrados en la parroquia, en nuestra comunidad, en nuestra institución parroquial o en nuestra institución diocesana cuando tantas personas están esperando el Evangelio”, afirmó. Y aclaró: “No es un simple abrir la puerta para que vengan, para acoger, sino salir por la puerta para buscar y encontrar”. 

Pidió, en fin, a los sacerdotes, y religiosos y religiosas que impulsen a los laicos a ser “callejeros de la fe”. Y a estar especialmente cerca de los pobres. En ese sentido, citó a la Madre Teresa: “Es en las `favelas’, en los `cantegriles’, en las `villas miseria’ donde hay que ir a buscar y servir a Cristo”. Con todo, Francisco recordó que la acción misionera de todo cristiano comienza “en la propia casa, el ambiente de estudio o trabajo, en la familia y los amigos”.

Ante la mesa coordinadora del Celam, el Papa relegó el papel de gendarme de la ortodoxia doctrinaria de la Iglesia, al señalar que “debe ser facilitadora de la fe y no tanto controladora de la fe”. Y tuvo definiciones fuertes sobre el papel del obispo. “Debe conducir, que no es lo mismo que mandonear”, dijo. 

Además, señaló que “han de ser pastores, cercanos a la gente, padres y hermanos, con mucha mansedumbre; pacientes y misericordiosos. Hombres -dijo- que amen la pobreza, sea la pobreza interior como libertad ante el Señor, sea la pobreza exterior como simplicidad y austeridad de vida. Hombres agregó- que no tengan ´psicología de príncipes’. Hombres que no sean ambiciosos y que sean esposos de una Iglesia sin estar a la expectativa de otra”. Y les pidió “cercanía, ternura, caricia”. 

En fin, Francisco advirtió sobre el riesgo de ideologizar el mensaje del Evangelio, sea desde “el liberalismo de mercado hasta la categorización marxista”. O de la clericalización del laico, sea porque “el cura lo clericaliza o porque el laico pide por favor que lo clericalice”. Y consideró que esto “explica en gran parte la falta de adultez y de cristiana libertad en parte del laicado latinoamericano”. A la vez que pidió a los jóvenes “hacer lío en las diócesis”, en referencia a que la Iglesia necesita de su audacia creativa. Y llamó a ir contra la corriente ante una “cultura del descarte” de las personas, regida por “los dogmas de la eficiencia y el pragmatismo”. 

Por otra parte, pidió ampliar el compromiso de la mujer en la Iglesia promoviendo “su participación activa en la comunidad eclesial”. 

En la rueda de prensa que ofreció en el avión que lo llevó de regreso a Roma diría que la Virgen María “es más importante que los discípulos” de Jesús y que la acción de la mujer en la Iglesia no debe limitarse a ser catequista o presidente de la Cáritas parroquial. Pero reiteró la oposición de la Iglesia al sacerdocio femenino. 

Francisco también dio otras claves ante los periodistas. Dijo que no habló del aborto en la Jornada Mundial de la Juventud porque todos conocen la posición contraria de la Iglesia y porque prefirió ante los jóvenes hacer propuestas entusiasmantes antes que formular condenas. Por lo demás, su posición sobre los gay -de profundo respeto y cercanía espiritual- si bien no implicó un cambio doctrinario, significó un cambio de estilo, más comprensivo, con la relevancia que tiene haber sido evidenciado por un Papa. 

En definitiva, los cambios que el Papa está promoviendo en la Iglesia no pasan ni por el celibato optativo, ni el sacerdocio femenino, sino por un cambio de actitud que muestre a la institución más cercana a la gente. Es cierto que no descartó el levantamiento -al menos en ciertos casos- de la prohibición de la comunión a los divorciados en nueva unión, pero su urgencia es lograr que la Iglesia toque el corazón de la gente con el anuncio de Jesús. Y para ello no hacen falta muchos recursos, sino “la creatividad del amor”. 

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